Poemas de José Kozer para leer.
Sobre el poeta José Kozer [occultar]
Me acerqué a la ventana contemplé un canal de aguas pensé en el salto del
delfín: una garza posándose en las marismas.
Estas aves se nutren de mariscos minúsculos.
vuelan procrean nutriéndose de unos mariscos del tamaño
de la punta de mis dedo6.
eso es de Dios? ¿Eso, de Dios? Quemé (muy adentro) los números.
Poemas cortosPoemas y poetas cubanos
Algunos poetas muertos nos plagian.
Su negro abrazo nos ciñe.
Afincan, abren las fauces.
Recobran el don que perdieron.
Mis minutisas poseen.
Poseen mis saetas el calicó y la gualdrapa.
Se apropian de mi padre el sastre.
Marcan con jaboncillo (rojo) la casa del judío.
A mi madre bordando junto a un brocal usurpan.
De su útero extirpan mi voz la destejen.
Sus letras negras exudo la carcoma de sus palabras.
De sus plagios, yo. De su continuidad, mi muerte.
Ante la puerta de bronce con el guardián de caftán.
Sombrero de castor (rapada, cabeza) otra puerta de bronce.
Entre paréntesis me plagian los poetas muertos.
Entre paréntesis revuelven mis estertores.
De mis cenizas, resplandecen.
Sus negros versos ( témpanos, de carbón).
Escoria este baile de máscaras los cubos de mis ideogramas (desbordados).
No sé qué es el cabrilleo de la luz al mediodía en un canal de agua.
La garza erguida siente hambre en su curva no sé si siente hambre o come
garza,
Y los insectos que devora no sé qué tienen que ver con la luz al mediodía
cabrilleando en un canal de agua.
Me quito la camisa no sé si la semilla de algodón o lino dio la horma las tijeras
el dedal el hilo del cortador que fue toda una vida mi padre
confeccionando de unas semillas, trajes.
Yo no sé si fueron trajes venideros.
No tengo la menor idea yo no sé del cuerpo interior de mi mujer la hechura de
sus alumbramientos no sé en verdad del sufrimiento de
Doña Leonor sus hijos el hidalgo caballero Don
Manoel de Sousa Sepúlveda su esposo en la historia
trágico marítima que estoy leyendo en el confort de
mi cuarto domingo año dos mil un lugar llamado
hallandale.
Somnoliento no sé si el que recuesta la cabeza entrecierra los ojos sobre un alto
cúmulo (cuatro) de almohadas (a causa de una hernia de hiato)
es quien escribe estos versos (no sé) o los escribe el
hambre de la erguida garza al curvarse el hambre de
vida del padre (sastre) muerto (hace más de una
década) ó el insecto que devora devora (ensimismado)
tan tranquilo tan hecho a su imperio.
Un campo de achicoria.
La vaca pastando la vaca pastando.
El campo agostado un último ramillete de achicoria en el florero de casa.
Círculos en derredor de sí misma el aura tiñosa.
Secos los campos muerta la flor de achicoria en el florero.
La tiñosa cebándose la tiñosa cebándose de la víscera azul de la res.
Poemas cortosPoemas y poetas cubanos
Una escalera de caracol
A manera de símbolo me rapo la cabeza.
Una postura de loto intermedia (respiración) diez minutos.
Guadalupe me trae una taza de anís estrellado.
El ajuar de los reyes las arras de príncipes, potestad de las crines.
Subo al altillo, Aldebarán: bajo a desayunar, efigies
Siervo: y Dios, cáliz de las miríadas labor hilada de golpe {bordado) de las
encrucijadas con nada coincide.
Poemas cortosPoemas y poetas cubanos
En mayo, qué ave era
la que amó mamá. o hablo de las mimosas.
Dice que no recuerda el nombre de los ríos que circunscribían su
pueblo natal: aunque
siempre se ahogaban
un varón y una hembra en verano un varón y una hembra en verano.
Menciona
una conversación
crucial con sus hermanas: son como amigas entrelazadas por el
meñique, se irán. Cuánto desánimo, aunque
en los camarotes
haya un centro de mesa con frutas tropicales, sobre cubierta hermosas
meretrices que hablan un idioma gutural, no les asombra
la aviación
ni el cable trasatlántico (letras) que atizan los gorriones boquiabiertos
o despiden
mariposas de luz. Llegarán
entre muchachos entalcados y con guedejas aromáticas que irán
diseminándose por Apodaca Teniente Rey Acosta, acabarán
por adquirir
un chiforrobe de caoba con unas iniciales tibias en la ropa interior
y que sirva
a la vez de caja fuerte. Se habrán establecido, pronto irán a tutearse en
los seminarios de sionismo, mamá
en un esmerado castellano.
Había que ver a este emigrante balbucir verbos de yiddish a español,
había que verlo entre esquelas y planas y bolcheviques historias
naufragar frente a sus hijos,
su bochorno en la calle se parapetaba tras el dialecto de los gallegos,
la mercancía de los catalanes,
se desplomaba contundente entre los andrajos de sus dislocadas,
conjugaciones,
decía va por voy, ponga por pongo, se zumbaba las preposiciones,
y pronunciaba foi, joives decía y la calle resbalaba,
suerte funesta déspota la burla se despilfarra por las esquinas,
y era que el emigrante se enredaba con los verbos,
descargaba furibunda acumulación de escollos en la penuria de
trabalenguas,
hijos poetas producía arrinconado en los entrepaños del número y
desencanto de negociaciones,
y ahora sus hijos lo dejaban como un miércoles muerto de ceniza,
sus hijos se marchaban hilvanando castellanos,
ligerísimo sus hijos redactando una sintaxis purísima,
padres a hijos dilatando la suprema exaltación de las palabras,
húmedo el emigrante se encogía entre los últimos desperfectos de
su vocabulario rojo,
último padecía para siempre impedido entre las lágrimas del Niemen,
fin de Polonia.
Había anotado en una hoja de papel cuadriculado unos números.
Quemé la hoja no había quemado los números.
Me acerqué a la ventana contemplé un canal de aguas pensé en el salto del
delfín: una garza posándose en las marismas.
Estas aves se nutren de mariscos minúsculos.
Pegué la frente al cristal de la ventana entrecerrando los ojos: estas garzas crecen
vuelan procrean nutriéndose de unos mariscos del tamaño
de la punta de mis dedos.
¿Y eso es de Dios? ¿Eso, de Dios? Quemé (muy adentro) los números.
Y me senté en la silla de pino al pie de la ventana a leer en voz alta los Cantos de
Novalis que publicó su amigo Tieck: leí hasta el oscurecer
canturreando hasta entrada la madrugada sobre fiestas
tranquilas (stille Peste) que yo recuerde así fueron
también en altos (piso segundo) detrás de una ventana
(Estrada Palma) el único número que aún queda inscrito
en mis sienes (515) aparece desdibujado a la entrada.
Harapos del espíritu santo harapos del espantapájaros.
La virgen sobre el asno recorre las empedradas calles de hallandale su efigie en los
canales de agua su manto blanco fulgura en
las colinas de hallandale.
Hecho visible cúpulas reales alcázares en las aguas reflejados pencas de agua
lacerando el asno de la virgen.
Hace seis meses que veo la misma procesión de muertos de jerusalén a hallandale.
Pus yugular fibroma hez verdes melanomas descascarando el bronce de las
campanas aneurismas de cera las torres de hallandale.
Molinillo de horas de plegarias da vueltas quiero que maría vestida de mantillo
toque a la puerta.
Negro abalorio negro abalorio reglamenta la roturación del cuerpo a su
resurrección de su resurrección a un cántico de
caracoles policromados ciñendo los harapos
de maría la gualdrapa destrozada de la bestia
las aguas estancadas al pie de las colinas.
Manto de luz espíritu santo manto verde la estearina goteando en los pinares en
los espejos de hallandale salve la hoz salve la
siega salve la oscilación (amarilla) (haced
del polvo, trizas) de las escobas.
Para Jorge Rodríguez Padrón
con Pizca
Le cupo amar los gorriones.
Porque era un hombre abundante y detestable quiso creerse oscuro
como si fuera un habitante de la ciudad de Viena
condenado a inspeccionar el mundo desde los
ventanales que Stalin concibió en el Kremlin.
Pero soñaba también con los cañaverales.
Vio un día que lapidaron la imagen de San Juan de Patmos en los
ojos rasgados del fuego.
Y se sintió circundado de palomas.
Vasto en exceso, conoció momentáneamente las desdichas de la
ambigüedad.
Creyó verse asesinado entre los matorrales por los gendarmes.
Por su falta de clarividencia conoció el futuro.
En la piedra de los holocaustos comprendió su significado.
Dejaba demasiadas circunstancias por terminar.
Nadie compareció: llamaban a los fiscales en la piedad.
Lo empezaron a buscar por Praga o en la incesante garúa de Lima
pero sólo desenterraban el veredicto que dejó en las bibliotecas.
Nadie entre tantísimos documentos lo quiso consolar.