Poemas de Álvaro Menén Desleal para leer.
Sobre el poeta Álvaro Menén Desleal [occultar]
Álvaro Menén Desleal fue un destacado poeta y dramaturgo salvadoreño, reconocido por su profunda reflexión sobre la existencia humana, el tiempo y la trascendencia. Su obra, aunque no tan ampliamente difundida internacionalmente, dejó una huella significativa en la literatura centroamericana.
Nació en Santa Ana, El Salvador, en 1931 y falleció en 2000. Menén Desleal no solo se dedicó a la poesía, sino también al teatro y la narrativa, siendo una figura versátil en las letras salvadoreñas. Vivió durante un período turbulento en la historia de su país, lo que influyó en su perspectiva artística. Aunque no participó activamente en movimientos políticos, su obra a menudo reflejaba preocupaciones sociales y filosóficas.
Entre sus poemas más celebrados se encuentran:
También incursionó en el teatro con obras como "La bicicleta al pie de la muralla", que combinaba elementos surrealistas con crítica social.
Menén Desleal cultivó un estilo lírico, a veces cercano al surrealismo, con un lenguaje rico en metáforas y simbolismos. Sus temas recurrentes incluían el tiempo, la muerte, la memoria y la búsqueda de significado. A diferencia de otros poetas de su generación, evitó el panfleto político directo, prefiriendo un enfoque más universal y filosófico.
Su legado sigue siendo estudiado en círculos académicos, especialmente en Centroamérica, donde se le considera una voz esencial de la poesía del siglo XX.
Estoy en un apuro, lo confieso.
Pronto voy a inaugurar un hijo inédito;
y aunque me halaga ver que a de afirmar mi varonía,
puesto no soy precisamente un Creso
y cobran la partera, el cura, y el médico
y hay que comprar pañales, medicinas,
leches pasteurizadas,
me muero porque llegue nunca el día.
Me ha dicho un compañero
recién metido en éstas cosas,
que los hijos nunca comen rosas
ni se alimentan de luna y de poesía
(esas tonteras que no tiene Creso).
Estoy curioso por ver cómo retrata Dios
mis gestos, mis rasgos...; más a un pie
de inaugurar el hijo inédito;
me encuentro en un apuro, y lo confieso.
Hamaca de siete paños
en que se mece la brisa.
Listón que han puesto las nubes
colgando en la lejanía.
Banderola de señales;
semáforo sin esquinas.
Alada cuerda de seda
donde los pájaros brincan.
Alfabeto del color
con que se escriben los días.
Cartelón de propaganda
en que se anuncia anilina.
Viudo párpado del cielo
y divorciada pupila.
Iris, polícroma flor
sin aroma y sin espinas.
¡Siete lazos con que Dios
ata las Siete Cabritas!
Dame la mano, Antípoda. Tú, el hombre de ese lado;
yo, el hombre de este lado.
Pudiente o proletario, sencillo o complicado,
dame la mano.
Levanta la amarilla faz del arrozal chino
en que sudas tu pan diario; deja la mina,
apaga tu incensario, y en paz dame la mano.
Que importe poco el mandatario, el «leader»,
la creencia, y se mi hermano.
Tu Buda, tu sol o tu confucio no son más
que un simbolismo de un Dios Unico y Mismo.
Dame la mano, Antípoda...
Si acaso te desangras en suelo coreano,
arroja tu fusil, clausura la trinchera, y en paz,
tú, del Sur, o tú del Norte, dame la mano.
Sin odios ni prejuicios tu mano de soldado
y mi mano ciudadana.
Yo sé que allá en la India tus hijos
mueren de hambre;
que en Africa del sur los blancos son los dioses;
que el hule en Micronesia revienta los transportes,
y que el diamante ciega los ojos de los hombres.
¡Y cómo me obsesiona pensar que tú, mi hermano,
bien puedes ser esclavo!
Dame la mano, Antípoda. Por todo lo que somos
-Por todo lo que callo- dame la mano.
Oídlo: esta es mi voz y este es mi acento
y es esta su más casta vestidura.
Esta es mi voz que se fugó en el viento
de los fieles cristales de su altura.
Esta la voz que me inspiró el acento
para ser un Quijote en la aventura:
en su aliento prospera el sentimiento
de que es cielo esta gris arquitectura.
Esta la que en mis júbilos sencillos
ha derribado todos sus castillos
para ver una nueva dimensión;
La que canta mis dichas y mis duelos
y os da, para alegrar vuestros desvelos,
el vino de mi rojo corazón.
Me ha caído un pozo encima
me apedrean los hijos de mis padres,
los hijos de otros padre, mi mujer,
mis amigos -¡hasta aquél!-
y mis hijos que no han nacido
todavía.
Me ven cargando el pozo, y no me ayudan.
Qué me van a ayudar
si lo que quieren
en poner otro pozo y otro pozo
y apedrearme porque es mucho dicen
porque eso es demasiado
porque basta
y es hora de coger la piedras
y de lanzarla el primero exclamando
hasta el fin hasta el fin
para que nunca
por siempre
y ya jamás!
Sepulta cuidadosamente las páginas insólitas de
viejos cascarrabias como Marx, el gran culpable;
destruye hoja por hoja los versos de Rambaud,
joven durazno con vicios milenarios, y quiebra
ojo por ojo a todo Baudelaire, harapo brujo,
alcohol mistificado, viejo corozo de durazno
con vicios renovados;
escupe por las rejas de la cárcel en que moran,
empotrados en sus huesos, algunos jóvenes poetas.
vigila que el guardián ponga las llaves
y agrega siete que te sean de confianza;
espulga el Nuevo Testamento y abomina del Antiguo,
cargados de puercas porquerías para lapidar
perezosos; de pechos como paloma para reyes
lúbricos y junturas de muslos como goznes
labrados de mano maestra;
compra galas chillonas sedosas suntuosas para
halagar al gazmoño;
lávate cada hora, refriégate de alcohol, pues el
talento, con todo y no ser contagioso, podría
afectarte de ictericia;
castiga tu pensamiento sin pausa ni misericordia,
si es que puedes pensar y si te sobra alguna
misericordia.
clávate las uñas en la carne cuando veas el amor
adolescente;
(desde luego, te prevengo contra mi persona);
pero, sobre todo, enciende hogueras altas
relucientes pulidas pendencieras piras funerarias
para quemar, quemarnos;
verás entonces, varicosa, que todo es más tranquilo.
y más tuyo.
al fin y al cabo
Dios te hizo cortada a su medida.
Poemas de AmorPoemas y poetas salvadoreños
Se ha cubierto el San Andrés
de un amarillo amarillo,
a la luz del sol semejante
por lo encendido encendido.
A cada soplo del viento
-de diciembre frío frío-
se le caen las campanas
al San Andrés Florecido.
Del árbol de San Andrés
las flores se han ido ido,
navegando en la vereda
celeste de río río
¡campanas del San Andrés
del amarillo amarillo,
buscad luego un campanero
para alegrar el oído!
El árbol de San Andrés,
mientras camino camino,
me guía por las veredas
con su amarillo amarillo.
San Andrés de las Campanas
florecido florecido,
aún lejos de la patria
no te eché nunca en olvido.
San Andrés de las campanas;
San Andrés verde'amarillo.
El negocio es sencillo: toma y daca.
Aún me resta un poco que he de dar
a vosotros.
Después se rinden cuentas, es verdad,
El negocio es sencillo: toma y daca.
Seguidme quitando el corazón
a girones, a mordizcos, a empellones.
Después se rinden cuentas, ¿no?
El negocio es sencillo: toma... y daca.
Hambrientos de mi, sedientos de mi
inconsolables de mí, yo os digo:
la vida es siempre un toma y daca,
un dar y recibir...
Y yo ya di.
Poemas cortosPoemas y poetas salvadoreños
¡Vamos! ¡De nuevo no me acoséis,
no hagáis preguntas huecas
y mucho menos esa.
La intención inicial era un paseo,
y me quede a vivir.
Por un rato nomás, no para siempre.
Y me objetáis que miento,
que vine para ver si era posible,
sí, por fin, se revelaba
la oculta, luminosa sombra..
No. falseáis mi pensamiento;
nadie me convidó;
vine, sin quererlo casi;
vine porque sí,
y me gustó al principio.
Que quise abrir la puerta y giré su picaporte,
estando aquí
decís, pero no es cierto.
Pasab, eso es todo.
No quise ver adentro, ¿Para qué?
y es demás que sigáis.
Pasaba, eso es todo, y lo demuestro
pues tengo caduco el pasaporte
y me voy a marchar.
Eso es todo ¿Creéis?